
Rumia mental
La rumia mental aparece cuando damos vueltas una y otra vez a pensamientos negativos sin encontrar solución. Descubre qué es, por qué ocurre y cómo trabajarla en terapia.

La rumia mental aparece cuando damos vueltas una y otra vez a pensamientos negativos sin encontrar solución. Descubre qué es, por qué ocurre y cómo trabajarla en terapia.

Muchas personas llegan a consulta con una idea bastante comprensible, pero que a la larga suele salir cara: “Cuando deje de sentir ansiedad, entonces ya podré hacer mi vida con normalidad”.
El problema es que, muy a menudo, esa estrategia convierte a la ansiedad en el centro de la vida. La persona deja de organizar su conducta en torno a lo que le importa y empieza a organizarla en torno a evitar, reducir o controlar lo que siente.
Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), una de las formas más útiles de explicar este punto es el modelo de la flexibilidad psicológica. En una versión simplificada, puede resumirse en tres grandes movimientos:
No se trata de tres pasos rígidos ni de una receta lineal. Son tres procesos que trabajan juntos para ayudar a la persona a responder con más libertad y menos esclavitud respecto a sus pensamientos, emociones y sensaciones corporales.

Hay momentos en los que la vida “se desordena” por dentro, hay cosas que parecen perder sentido: pierdes motivación, lo que antes importaba deja de importar, aparece una sensación de vacío, o una pregunta insistente (“¿para qué?”) que no se resuelve con explicaciones racionales aunque tu mente no para de darle vueltas.

En mayores con dolor crónico, ACT parece aportar beneficios sobre interferencia, discapacidad, calidad de vida y flexibilidad psicológica. Los cambios en intensidad de dolor suelen ser pequeños, pero eso no quiere decir que te tengas que parar.

Envejecer no es solo “cumplir años”: también implica cambios, pérdidas y miedos. ACT ayuda a dejar de vivir en modo lucha y a recuperar una vida valiosa, incluso con malestar.

En dolor crónico, el objetivo realista no siempre es “cero dolor”. ACT ayuda a reducir la interferencia, recuperar actividad valiosa y mejorar el bienestar psicológico.

Una ruptura de pareja no es solo “estar triste unos días”.
Puedes notar un vacío en el estómago, un nudo en la garganta, dificultad para dormir, la mente enganchada a recuerdos y “y si…” que se repiten sin descanso.

Imagina la escena: puente largo, amigos proponiendo escapada a la montaña… y tú delante del ordenador, terminando una Tesis. Te preguntas:
“¿Estoy siendo responsable o esclavo de mis ‘tengo que’?”
Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) y la Teoría de los Marcos Relacionales (RFT), esta pregunta se puede formular de otra manera:
“¿Qué tipo de reglas verbales están guiando mi conducta: pliance, tracking o augmenting?”
En este artículo vamos a traducir estos conceptos técnicos al lenguaje cotidiano y a aplicarlos a decisiones muy concretas: estudiar o descansar, trabajar o irte de fin de semana, decir “sí” o “no” a una invitación.

El daño cerebral adquirido (DCA) —por ejemplo, un ictus o un traumatismo craneoencefálico— no solo afecta al cuerpo y al rendimiento cognitivo. También impacta la identidad, los proyectos de vida, las relaciones y la forma de mirarse a uno mismo.

Este artículo te ofrece una explicación clara, útil y aplicable, tanto si trabajas en clínica como si estudias psicología o quieres profundizar en el comportamiento humano.
Muchas parejas llegan a consulta con una idea bastante clara de lo que les ocurre: “tenemos problemas de comunicación”. A veces esa explicación es cierta, pero en muchos casos se queda corta. No siempre el problema es que la pareja no hable. A menudo el problema es que, cuando habla, entra en un patrón de discusión, defensa, silencio o distancia del que ya no sabe salir.
En mi consulta en Benicarló en terapia de pareja, esta situación es más frecuente de lo que parece. Parejas que todavía se quieren, pero que han quedado atrapadas en una dinámica repetitiva que erosiona la convivencia, la intimidad y la sensación de estar en el mismo equipo.
Muchas personas llegan a consulta con una idea bastante comprensible, pero que a la larga suele salir cara: “Cuando deje de sentir ansiedad, entonces ya podré hacer mi vida con normalidad”.
El problema es que, muy a menudo, esa estrategia convierte a la ansiedad en el centro de la vida. La persona deja de organizar su conducta en torno a lo que le importa y empieza a organizarla en torno a evitar, reducir o controlar lo que siente.
Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), una de las formas más útiles de explicar este punto es el modelo de la flexibilidad psicológica. En una versión simplificada, puede resumirse en tres grandes movimientos:
No se trata de tres pasos rígidos ni de una receta lineal. Son tres procesos que trabajan juntos para ayudar a la persona a responder con más libertad y menos esclavitud respecto a sus pensamientos, emociones y sensaciones corporales.
Muchas personas, en mi consulta de psicología en Benicarló, dicen algo parecido a esto:
“Sé que no está pasando nada grave, pero me pongo fatal.”
“Solo de pensarlo ya me agobio.”
“No ha ocurrido nada, pero mi cuerpo reacciona como si sí.”
La ansiedad no aparece solo por lo que ocurre fuera. Muchas veces aparece por lo que tu mente interpreta, relaciona y anticipa. Por eso puedes sentir ansiedad incluso cuando, objetivamente, no hay un peligro real delante de ti.
Entender esto ayuda mucho. Porque cuando comprendes mejor cómo funciona la ansiedad, dejas de verla como algo misterioso o absurdo y empiezas a saber qué la mantiene.
Vivimos en una sociedad que evita el dolor, exige productividad y premia la inmediatez. La terapia puede ser un espacio para parar, pensar y vivir con más sentido. Pero atención, la terapia se puede convertir en una herramienta para perpetuar la sociedad del malestar.
La ansiedad no siempre se manifiesta como taquicardia o nervios. A veces aparece como preocupación constante, rumiación y vueltas mentales interminables. Entiende por qué ocurre y qué hacer.
Muchas personas viven con una sensación persistente de no ser suficientes. No siempre lo expresan diciendo “siento vergüenza”. A veces aparece de otra forma: miedo a hacer el ridículo, dificultad para mostrarse tal y como son, necesidad de hacerlo todo bien, tendencia a compararse con otros o una voz interna muy dura que no da tregua y no deja espacio para auto-cuidarse.
Cuando esto ocurre, suelen estar actuando dos procesos muy relevantes: la vergüenza y la autocrítica.