Sobrecontrol y perfeccionismo
El sobrecontrol puede esconderse tras el perfeccionismo, la productividad y las normas rígidas. Descubre cómo se entiende desde ACT y cómo cultivar flexibilidad psicológica.
Muchas personas, en mi consulta de psicología en Benicarló, dicen algo parecido a esto:
“Sé que no está pasando nada grave, pero me pongo fatal.”
“Solo de pensarlo ya me agobio.”
“No ha ocurrido nada, pero mi cuerpo reacciona como si sí.”
La ansiedad no aparece solo por lo que ocurre fuera. Muchas veces aparece por lo que tu mente interpreta, relaciona y anticipa. Por eso puedes sentir ansiedad incluso cuando, objetivamente, no hay un peligro real delante de ti.
Entender esto ayuda mucho. Porque cuando comprendes mejor cómo funciona la ansiedad, dejas de verla como algo misterioso o absurdo y empiezas a saber qué la mantiene.
A veces la ansiedad aparece ante una situación realmente amenazante. Eso es normal. Si percibes peligro, tu cuerpo se activa para prepararte.
El problema es que el sistema de alarma del cuerpo no solo se activa por peligros reales. También puede activarse por:
Por ejemplo, puede bastar con pensar “voy a hacerlo mal”, notar que el corazón late más rápido o imaginar una escena incómoda para que tu cuerpo se ponga en alerta.
Es decir, no siempre reaccionamos a lo que está pasando. Muchas veces reaccionamos a lo que nuestra mente dice que podría pasar.
La mente humana funciona haciendo relaciones. Une experiencias, palabras, sensaciones, recuerdos y conclusiones. Eso es útil en muchos momentos, pero también puede convertirse en una trampa.
Por ejemplo:
Con el tiempo, algunas cosas empiezan a activar malestar no por lo que son en sí mismas, sino por lo que representan para ti.
Y ahí muchas veces empieza el problema.
Seguro que te ha pasado alguna vez: todavía no ha ocurrido nada, pero solo de imaginarlo tu cuerpo ya reacciona.
Eso puede pasar cuando piensas cosas como:
Aunque nada de eso esté ocurriendo en ese momento, tu cuerpo puede reaccionar como si la amenaza fuera inmediata.
Por eso a veces la ansiedad parece aparecer “de la nada”. En realidad, no aparece de la nada. Aparece porque tu mente ha activado toda una cadena de significados, recuerdos y temores.
Tener pensamientos negativos no es raro. Todos los tenemos. El problema empieza cuando los tratamos como si fueran hechos.
No es lo mismo pensar:
“¿Y si me pongo nervioso?”
que vivirlo internamente como:
“Me voy a poner nervioso seguro, se va a notar y va a salir mal.”
En cuestión de segundos, un pensamiento puede convertirse en una especie de verdad emocional. Y a partir de ahí, el cuerpo responde.
Entonces aparece la tensión, la evitación, la necesidad de controlar lo que sientes o de escapar cuanto antes de esa situación.
Cuando alguien tiene ansiedad, suele intentar reducirla como sea. Es lógico. El problema es que algunas de las estrategias más frecuentes alivian a corto plazo, pero empeoran el problema a medio y largo plazo.
Por ejemplo:
Todo eso puede dar alivio momentáneo. Pero también le enseña a tu cerebro que había un peligro real del que había que protegerse.
Y así la ansiedad gana fuerza.
A veces la persona ya no teme solo una situación. También teme:
Y entonces el problema crece. Ya no hay miedo solo a “hacer una exposición”, “salir”, “conducir” o “hablar con alguien”. También hay miedo a las propias reacciones internas.
Eso hace que la vida se vaya estrechando poco a poco.
Esto explica por qué a veces alguien dice:
“Sé que no tiene sentido, pero no puedo evitar sentirlo.”
Tiene sentido, aunque no lo parezca.
Tu mente puede haber aprendido asociaciones como estas:
Cuando una pieza se activa, se activa el resto.
Por eso, a veces, una sensación pequeña o un pensamiento rápido bastan para desencadenar una reacción muy intensa.
No suele ayudar demasiado discutir mentalmente con cada pensamiento, ni obligarte a sentirte seguro todo el tiempo, ni intentar eliminar por completo la ansiedad.
Lo que suele ayudar más es cambiar la relación que tienes con lo que pasa dentro de ti.
La meta no es dejar de pensar, ni dejar de sentir, ni eliminar toda ansiedad. Eso, en la práctica, suele convertirse en otra lucha agotadora.
La meta es aprender a reconocer cuándo tu mente está creando una red de alarma y dejar de seguirla automáticamente.
No siempre podrás evitar que aparezca el pensamiento. Pero sí puedes aprender a relacionarte de otra manera con él.
Muchas veces la ansiedad no crece porque el mundo sea tan peligroso, sino porque tu mente ha aprendido a conectar demasiadas cosas con el peligro:
Y entonces el cuerpo responde como si todo eso estuviera ocurriendo ahora mismo.
Comprender esto no hace que la ansiedad desaparezca de golpe, pero sí cambia mucho la manera de verla. Empiezas a entender mejor qué la enciende, qué la mantiene y por qué algunos intentos de control la hacen más fuerte.
Y desde ahí, empieza un trabajo mucho más útil: no luchar contra tu mente a todas horas, sino aprender a vivir con más libertad aunque aparezca miedo.
Si sientes que la ansiedad está limitando tu vida, pedir ayuda psicológica puede ayudarte a entender qué la mantiene y a relacionarte de otra manera con ella.
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La rumia mental aparece cuando damos vueltas una y otra vez a pensamientos negativos sin encontrar solución. Descubre qué es, por qué ocurre y cómo trabajarla en terapia.
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