Sobrecontrol y perfeccionismo
El sobrecontrol puede esconderse tras el perfeccionismo, la productividad y las normas rígidas. Descubre cómo se entiende desde ACT y cómo cultivar flexibilidad psicológica.
Muchas personas llegan a consulta con una idea bastante comprensible, pero que a la larga suele salir cara: “Cuando deje de sentir ansiedad, entonces ya podré hacer mi vida con normalidad”.
El problema es que, muy a menudo, esa estrategia convierte a la ansiedad en el centro de la vida. La persona deja de organizar su conducta en torno a lo que le importa y empieza a organizarla en torno a evitar, reducir o controlar lo que siente.
Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), una de las formas más útiles de explicar este punto es el modelo de la flexibilidad psicológica. En una versión simplificada, puede resumirse en tres grandes movimientos:
No se trata de tres pasos rígidos ni de una receta lineal. Son tres procesos que trabajan juntos para ayudar a la persona a responder con más libertad y menos esclavitud respecto a sus pensamientos, emociones y sensaciones corporales.
La flexibilidad psicológica es la capacidad de contactar con la experiencia del momento presente, con cierta apertura, y actuar en la dirección de los propios valores, incluso cuando aparecen malestar, miedo, dudas o recuerdos difíciles.
Dicho de forma más sencilla: no consiste en eliminar el sufrimiento interno, sino en evitar que ese sufrimiento gobierne toda la conducta.
Este matiz es importante. La meta no es “sentirme bien para poder vivir”, sino más bien aprender a vivir de forma valiosa aunque a veces no me sienta bien.
Eso no implica resignación ni pasividad. Implica dejar de librar una guerra inútil contra la experiencia interna cuando esa guerra solo estrecha la vida.
Abrirse significa dejar de pelear constantemente con lo que uno siente o piensa.
Aquí entran dos procesos centrales de ACT:
La aceptación no consiste en rendirse ni en aprobar el sufrimiento. Consiste en hacer espacio a emociones, sensaciones o recuerdos que ya están aquí, sin convertir la evitación en el eje de la propia vida.
La defusión implica cambiar la relación con los pensamientos. No se trata de discutir con ellos hasta derrotarlos, sino de verlos como pensamientos, no como verdades absolutas ni órdenes que haya que obedecer.
Por ejemplo, no es lo mismo:
que:
La diferencia parece pequeña, pero no lo es. En el primer caso, el pensamiento manda. En el segundo, el pensamiento está presente, pero ya no ocupa el puesto de jefe.
El segundo gran movimiento es estar presente.
Aquí ACT trabaja especialmente con:
Muchas personas con ansiedad viven secuestradas por dos tiempos que no son el actual: el pasado y el futuro.
Revisan mentalmente escenas anteriores, anticipan catástrofes, imaginan críticas, preparan defensas, se juzgan a sí mismas o intentan prever todos los errores posibles.
Estar presente no significa “vaciar la mente”, algo que además suele ser inviable. Significa volver una y otra vez a lo que está ocurriendo aquí y ahora, con más contacto y menos piloto automático. Estar con el ser más que querer ser de otra manera.
El proceso de yo como contexto añade otra dimensión relevante. La persona aprende a notar que no es idéntica a sus pensamientos, sus emociones o sus historias sobre sí misma. Puede tener el pensamiento “soy torpe”, pero eso no significa que esa frase defina la totalidad de quien es.
No somos solo el contenido de nuestra mente. También somos el espacio desde el que observamos ese contenido.
El tercer movimiento es hacer lo que importa.
Aquí encontramos:
Los valores no son metas concretas del tipo “hablar hoy con tres personas”. Eso sería un objetivo. Los valores son direcciones de vida: ser cercano, crecer, aprender, conectar, cuidar, aportar, vivir con honestidad, actuar con valentía.
La acción comprometida consiste en traducir esos valores a conducta real. No a intención abstracta. No a teoría. A conducta.
Porque una cosa es decir “quiero tener relaciones más auténticas” y otra muy distinta es llamar a alguien, pedir una cita, expresar una opinión o intervenir en una reunión aunque aparezca ansiedad.
ACT insiste mucho en esto: la vida valiosa no se construye solo en el plano mental. Se construye en la conducta.
Este punto merece ser subrayado.
En muchos casos, lo que cronifica el problema no es solo la presencia de ansiedad, sino la red de estrategias que la persona despliega para no sentirla:
A corto plazo, estas estrategias alivian. Y precisamente por eso se mantienen.
Pero a medio y largo plazo suelen aumentar el problema:
La ansiedad pasa a ser no solo una emoción, sino un organizador de la conducta.
Imaginemos el caso de Laura, una mujer de 33 años que trabaja en las oficinas de una multinacional y que desde hace años arrastra un miedo intenso a ser juzgada por los demás.
Cuando tiene que hablar con clientes difíciles, exponer una idea delante de compañeros o conocer gente nueva, su mente se llena de pensamientos como:
A nivel corporal nota taquicardia, calor en la cara, tensión muscular y la sensación de quedarse en blanco.
Ante eso, suele hacer varias cosas:
A corto plazo, cierto alivio.
A largo plazo, más dependencia de la evitación, más inseguridad y una vida social y profesional cada vez más limitada.
Laura no solo sufre ansiedad social. También está atrapada en un patrón de rigidez psicológica.
El trabajo no empezaría diciéndole: “No pasa nada, seguro que lo haces bien”.
Eso suele ser insuficiente, y a veces incluso refuerza la idea de que solo podrá actuar si se convence de que todo irá perfecto.
El movimiento sería otro: ayudarle a hacer espacio para la ansiedad, la vergüenza y la autocrítica sin convertirlas automáticamente en señales de retirada.
Por ejemplo, notar:
No para disfrutarlo, sino para dejar de responder de forma tan automática.
Después, Laura necesitaría aprender a volver al momento actual.
No al juicio sobre cómo lo está haciendo. No a la película mental sobre cómo la ven. No al recuerdo de otras situaciones embarazosas.
Por ejemplo, durante una interacción social podría redirigir la atención hacia:
El foco cambia de “¿qué impresión estoy dando?” a “¿qué está pasando aquí y qué requiere esta situación?”.
Ese giro es clínicamente muy relevante.
El tercer eje sería aclarar qué tipo de persona quiere ser Laura en sus relaciones y en su trabajo.
Quizá no pueda controlar que aparezca ansiedad, pero sí puede empezar a responder a preguntas como:
A partir de ahí, el trabajo terapéutico se orientaría a pequeñas acciones comprometidas:
La meta no sería “dejar de sentir ansiedad”, sino ampliar la vida de Laura mientras la ansiedad deja de ocupar el volante.
Uno de los mensajes más valiosos de ACT es que esperar a sentirse completamente seguro para empezar a vivir suele ser una trampa.
En la ansiedad social, que es una etiqueta diagnóstica del DSM, pero que la función va más allá de esta etiqueta, esto se ve con claridad. Muchas personas quedan bloqueadas en una lógica como esta:
“Primero necesito sentirme tranquilo; luego ya actuaré”.
Pero la experiencia clínica muestra que, con frecuencia, el orden útil es el contrario:
“Aprendo a actuar con más apertura, presencia y dirección, y desde ahí cambia mi relación con la ansiedad”.
No siempre disminuye de inmediato. A veces incluso sube al principio. Pero deja de ser el criterio absoluto que decide qué se hace y qué no se hace.
La flexibilidad psicológica no promete una vida sin malestar. Promete algo más realista y más útil: una vida menos estrecha.
Abrirse no es hundirse.
Estar presente no es relajarse obligatoriamente.
Hacer lo que importa no es hacerlo sin miedo.
Es, más bien, aprender a sostener con más amplitud aquello que duele, estar más en contacto con la realidad que con la película de la mente, y elegir conductas que acerquen a la persona a la vida que quiere construir.
En problemas como la ansiedad social, este enfoque cambia bastante la pregunta.
Ya no se trata solo de “¿cómo elimino la ansiedad?”, sino de algo más profundo:
“¿Cómo quiero vivir, incluso cuando la ansiedad aparece?”
Ahí empieza un cambio más sólido.
El sobrecontrol puede esconderse tras el perfeccionismo, la productividad y las normas rígidas. Descubre cómo se entiende desde ACT y cómo cultivar flexibilidad psicológica.
La rumia mental aparece cuando damos vueltas una y otra vez a pensamientos negativos sin encontrar solución. Descubre qué es, por qué ocurre y cómo trabajarla en terapia.
Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar. Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.
Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar. Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.